Después de veinte años de activismo, el amor ha dejado de ser solo una emoción: es una práctica diaria, una ética, una decisión constante. No es un sentimiento pasivo, es un compromiso que exige coherencia.
Podríamos decir que toda acción verdaderamente transformadora nace de ahí: de un amor que se convierte en fuerza.
Un amor que no se limita a contemplar, sino que actúa.
Un amor que incomoda, que cuestiona, que desafía.
Porque no basta con sentir.
Hay que implicarse.
Y en ese sentido, podríamos reformular aquella idea esencial:
la verdadera transformación del mundo no puede hacerse sin una profunda capacidad de amar.
Amar a los animales.
Amar la justicia.
Amar aquello por lo que decidimos dedicar nuestra vida.
Haré mía esta frase del Ché:
«Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.»
